El momento de Lucía

El aula es ancha y los pupitres están dispuestos en U en torno a la mesa del profesor, que le ha pedido a Lucía que cante. Es la primera vez que esto ocurre; en el aula no había sonado hasta ahora más música que un single de un cantante francés de moda, que pasó sin pena ni gloria tanto por las listas de éxitos como por la clase de idiomas. Merecidamente, en mi opinión. Pero el caso es que ahí está esta chica gitana, que nos gana a todos en años, altura, belleza y desparpajo. De pie, concentrándose para la labor encomendada, adquiriendo por momentos un temple y una madurez hasta ahora nunca vistos. Por un instante su persona se despoja del descaro, la indiferencia y la rebeldía. Como poseída por algún duende, con los ojos cerrados, más guapa que nunca, Lucía empieza a entonar una melodía para mí desconocida, puede que inventada, con la que envuelve a las “Nanas de la cebolla” de Miguel Hernández, conforme a la petición que le acaba de hacer Don Anselmo. La magia dura apenas un minuto, durante el cual los demás pasamos de ser gamberros apáticos al mejor público del mundo, espectadores privilegiados de un milagro diminuto tras el cual hay un silencio también inesperado, quizá por la falta de costumbre, y al que sucede una ovación exagerada. Tan exagerada, que Don Anselmo se ve en la necesidad de amagar con guardar su sonrisa bajo llave, pues ya hemos dejado de comportarnos como adultos, como quien despierta de la hipnosis con un chasquido de dedos. Lucía sigue de pie, sabedora de que lo ha hecho bien en clase por primera y, probablemente, última vez. Ella es la única que no ha salido del trance y saborea los pocos segundos que restan para que vuelva a su rol de inadaptada. La que da la nota, pero en sentido figurado. El garbanzo negro, el outlier. Su mirada sigue firme como la de un atleta olímpico mientras suena su himno, y su pecho sube y baja con una respiración agitada, más por la emoción que por el esfuerzo. El profesor la felicita con efusividad, quizá demasiada, pero en su mirada se aprecia que también está disfrutando con el momento. Le ha salido bien la apuesta, el conejo estaba en la chistera. Mi compañero remeda sus elogios por lo bajini, ajeno a este detalle y a cualquier otro.


Poco a poco la clase recobra su ritmo habitual. Don Anselmo escribe en la pizarra oraciones adversativas que algunos compañeros copian en sus cuadernos. Otros prefieren aprovechar estos pocos instantes en los que el profe da la espalda, ya habrá tiempo de escribir. Yo no puedo dejar de mirar a Lucía, que tampoco está escribiendo, raramente lo hace. Se percata de mi mirada y me saca la lengua con desprecio, pero no puedo evitar sonreír, lo que la saca de quicio. “Mira el mongolo este, que no sabe ni sonarse los mocos”, me suelta en voz alta, casi sin darse cuenta. Don Anselmo se gira y la reprende. Mi compañero me hace un comentario socarrón que no escucho, pues de nuevo me llama la atención la mirada del profesor. Es algo más que una simple llamada al orden: está volviendo a la situación de partida, saltando unos minutos atrás en el tiempo, hasta el momento exacto en el que él acababa de hablarnos sobre el poema de Hernández. El profesor estricto y la alumna díscola, cada cosa en su sitio. Lo que pasó, ya no existe. Pero yo no puedo dejar de darle las gracias. No por frenar la burla de Lucía hacia mí, que ya no me afecta, sino por tomar la decisión, por ese atraco a mano armada que la hizo persona ante nosotros, por un instante y para siempre.

Fotografía: Nikhita S

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